Que vuelvas y nada haya cambiado.
Que me abraces hasta romperme las costillas
y que me hagas cosquillas hasta que tus manos no sean más que el hormigueo que me dejas en la piel al despedirnos.
Pero que nunca tengas que despedirte.
O no sé que será de mi.
Siempre volveré a escribirte.
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