Puede que nunca tengamos el suficiente valor para hacer lo que realmente sentimos, puede que seamos unos cobardes el resto de nuestras vidas por no decir lo que de verdad pensamos o por no saber qué decir. Quizás podemos seguir callados haciendo ver que no pasa nada a nuestro alrededor, que no nos importa que nuestras ilusiones se marchen mientras estamos sentados observando cómo las de los demás, de aquellos que no se han rendido, sí se cumplen. Quizás podemos llorar cada noche y quejarnos de que la vida no es justa, o gritar en silencio que la sociedad quiere vernos caer una y otra vez. Podemos pensar y quedarnos en blanco. Escondernos detrás de todas las inseguridades y no salir nunca más. Sin evitar que los miedos formen parte de nuestra rutina. Podemos seguir malgastándonos, dejándonos guiar únicamente por nuestra propia dejadez.
La palabra conformidad está acomodada sin remedio en nuestra mente para el resto de nuestros días, sin ni siquiera pagar un alquiler o una hipoteca, y aunque la cabeza sea nuestra el derecho al desahucio nos lo quitaron desde que nacimos y nos lo intercambiaron por el miedo al fracaso. Vaciaron la confianza que era nuestra por derecho y poco a poco la llenaron de dudas. ¿Que quiénes son los culpables? Cambiemos 'quiénes' por 'quién' y todas las flechas nos apuntan a nosotros. Cada uno construímos nuestra propia coraza y nos hundimos en nuestro propio agujero negro. Yo lo sé. Me he metido en esto, tirándome al vacío sin culpas ajenas. Cada mañana me doy cuenta del miedo que tengo a no ser finalmente quien quiero ser, a no cumplir nada, a ser una infeliz, a no atreverme, a dar siempre pasos en falso, a acostumbrarme a las pérdidas y dejar de intentar ganar. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Paro, y pienso que el primer paso ya está dado. Admitir que tengo miedo, aceptarlo, y vivir con ello. Miedo, no sé a qué. Lo que me queda es emplazarlo a algo más mío, y con el tiempo olvidarlo, pero por ahora...AHORA QUÉ.

