En días como hoy, agradezco las putas casualidades que nos trajeron aquí. Y para casualidades, ella.
La que hace que hoy esté aquí y mañana allí.
¿A quién no le gustaría tener una botella para guardar los recuerdos y poder revivirlos más tarde con sólo desembotellarla? Si te paras a pensar sería fantástico, además de facilísimo de vender, reconozcámoslo, yo la compraría. ¡Menudo invento! Aunque a mi, personalmente, simepre me gustó imaginar una película de mi vida, mejor aún que una extraordinaria botella guarda-recuerdos. Por qué no. Sería una mezcla de comedia al más puro estilo pero también tragedia, con un poco de acción y algunas partes de miedo. Una película que filmase todas las etapas de mi vida, mis logros y mis fallos, y la gente que me acompañó en cada uno de esos momentos. Muchas caras familiares, una película en la que los actores fuesen la gente de siempre, la que se fue y la que va llegando. Para poder sentarme dentro de sesenta años en un sillón y ver esa película, y verla y volver a verla mil veces más. Pero sin duda, la estrella de la película sería alguien que aparece en los momentos clave, tanto si es necesario como si no, para hacer que todo vuelva a la normalidad o poner mi mundo patas arriba. Una persona importante, mi propia artista llegada de Hollywood, de esta gente "de toda la vida", que me conozca más que yo misma. Que me haya visto en mis situaciones más patéticas y, qué coño (si, si), lo que se habrá reído conmigo y más bien de mi. Que haya pasado casi la vida entera, mi película desde el principio, a mi lado. Y que lo siga haciendo, incluso que pase un año entero, un 2020, en California conmigo, porque para Nunca Jamás no quedaban billetes. Alguien que sigue siendo así de grande dentro de un cuerpo tan pequeño. Sí, lechuga, es ella, ya pensaba que pediríais comodín del público. Es ella, mi alma gemela, ¿quién si no? Y os juro que es de las mejores personas que existen, es preciosa, por dentro y por fuera, como persona y como amiga. Es un bendito ángel, es pequeña y grande a la vez. Será por eso que dicen de que las cosas pequeñas se viven a lo grande. Pero grande, grande es lo que hace ella cada día, cada semana, cada mes, cada uno de los años que hace que le conozco. Todo por pura coincidencia. La vida al fin y al cabo es eso. Es una sucesión de coincidencias, que vienen una tras otra, sin avisar. Es asombrosa, la vida está llena de casualidades, que a veces son tan acertadas que parece que estén ahí puestas a conciencia, como si alguien nos fuese colocando sorpresas dónde menos lo esperamos. Porque la vida está hecha de pequeñas cosas, y las coincidencias son las que hacen todo más interesante. Ella es la mejor coincidencia. He perdido la cuenta de las veces que ha preferido escuchar mis problemas absurdos a contarme lo que le comía por dentro, de las veces que me explica lo que ha podido pasar en los momentos en los que no entiendo nada. Estoy totalmente acostumbrada a que sea ella la que me diga exactamente el lío que tengo en la cabeza, palabra por palabra, pero de forma ordenada y coherente, acostumbrada a que sea ella la que ponga las cartas sobre la mesa y me diga las cosas como son, llevándome la contraria cuando sostengo teorías sin pies ni cabeza de las que me siento totalmente segura. Que no, que nadie ha bajado tantas veces como ella al fin del mundo para llevarme otra vez a la superficie. Lo puedo asegurar al cien por cien, que como ella no hay nadie más. Creedme, lo digo yo, que la conozco en todos sus estados. Yo, que le he visto enfadada, contenta, triste, frustrada, nerviosa, enamorada, apagada, hiperactiva, sobada, joder si hasta le he visto disfrazada de vaca. Le he visto llorar, le he visto reir, le he visto seria y en uno de esos días en los que parece mentira que tanta felicidad quepa en un cuerpo tan pequeño. Le he visto tirada en el sofá viendo como una niña salvaje corta talones, le he visto durmiendo, le he visto muriéndose de vergüenza, le he visto desayunando comiendo y cenando, le he visto tomándose una merendola, le he visto hablando con una oveja y asombrosamente también he visto cómo la oveja le respondía. Le he visto recién levantada, le he visto haciendo comiditas en la esquina de un patio, le he visto bailando pajaritos a volar, le he visto mezclando mentos con coca-cola. Le he visto de mil formas, y sé que me quedan muchas cosas suyas por ver. Después de vivir casi catorce años con ella aún me sigue sorprendiendo, y no va a dejar de hacerlo. Me sorprende día a día. Y mira que le conozco, me atrevo a decir que más que ella misma, pero tiene mucho más que enseñar. Sé que cuando tiene algo que contarme al segundo siguiente está marcando mi número, y me cuenta todo con pelos y señales, hasta el mínimo detalle. Cuando le gusta alguien me encanta, me encanta cómo me explica todo lo que han hablado, cómo me lee sus conversaciónes y me suelta un "¿qué piensas? pero dime algo por favor". Entonces escucha todo lo que le digo con la mayor paciencia del mundo, asimilando algunos consejos para llevarlos a cabo, aunque ella no es de las que se calla, si no está de acuerdo lo dice y punto. Ella es así, es una persona sincera como pocas, y si hablas de confianza también hablas de ella. Cuando está contenta se ríe, se ríe por todo, se ríe de mil formas, dándole golpes a una pared o doblándose a la mitad, haciendo el ruído de un gato cuando le pisan la cola o simplemente sin producir ningún sonido y aplaudiendo como una foca. Cuando está contenta, se ríe hasta de ella misma, le enseña los dientes al mundo, deslumbra* al mundo. Y cuando se enfada sólo se queda callada, ausente, hasta que se le pasa y empieza una conversación diciéndote cualquier tontería. Ella es mucho de eso, de decir tonterías. Pero si se propone algo, no para hasta conseguirlo. No espera a que sucedan las cosas, es ella quien las hace suceder. Va sin miedo, porque sabe que el destino es para idiotas, y si no le gusta cómo son las cosas sabe también que sólo ella puede hacer que cambien. Y está loca, pero locura sana, no de gritar en un manicomio con una camisa de fuerza corriendo en círculos en una habitación forrada de colchones. Está loca a su manera, con sus manías y sus defectos. Y ¡dios mío, lo fácil que se obsesiona! Se obsesiona con tantas cosas... con ese chico, con una película, con mil canciones, con sus 12 "mis niños", con un anillo que vió en aquella foto y le dijeron que lo vendían en nosédonde, con dos borrachos que le cantaron ai se eu te pego delante de casa de su abuela, con el vecino de su edificio que evita al ir en ascensor, con las clases de francés y el verbo recordar, con las veces que Lillo dice lógicamente, incluso con los céntimos de la suerte que lanza para que otra persona los recoja. Vive obsesionada, con acento pijo incluido. Sobre todo vive, vive despacio ¿acaso hay alguna prisa? Se resigna a crecer, pero aún así lo hace a una velocidad que pasma. Pero por lo de ahora, no va a madurar ni yo tampoco. Me niego, ya tendré tiempo suficiente para madurar, tengo otras prioridades ahora mismo. Una de ellas es vivir, vivir a lo loco y sin control, despacio o tan rápido como pueda, vivir esta aventura, y vivirla con ella, mi compañera de fatigas, mi acompañante en este camino. Vivirla de una manera tan memorable, que cuando miremos atrás sólo podamos reírnos. Y dentro de sesenta años, cuando nos sentemos a ver las dos juntas esta película de toda mi vida, de nuestras vidas, estemos a carcajada limpia hasta acabar por los suelos.Felicidades, mil quinientas felicidades, felicidades para hoy, para mañana y toda la semana. Sé feliz, como sólo tú sabes perdigona, pero always by my side. Te quiero. Hasta límites absurdos, inexplorados por el ser humano. Cumple 16 y 100 años más conmigo.

